El viejo fotógrafo persigue
al tigre en la jungla de Nepal. Desde hace quince años trata de obtener la foto
perfecta, pero la fiera es esquiva, y aún no ha conseguido capturar su
verdadera esencia en un retrato. El fotógrafo joven admira al viejo, lo
considera un maestro, aunque sabe que su perfeccionismo le impide publicar
trabajos de los que él, apenas un aprendiz, estaría orgulloso. Y entonces le
sigue los pasos tratando de emularlo.
Una mañana, cerca de un
arroyo, el viejo fotógrafo se enfrenta cara a cara con el tigre: la luz es
perfecta, el encuadre lo satisface, el reflejo de esos ojos dorados en el agua
harán la diferencia. Siente un hormigueo en la barba, una gota de sudor le baja
por la espalda. Por fin, después de tanto tiempo, logrará que su sueño se haga realidad.
Dispara su Nikon en el momento preciso, como un dardo certero, pero el animal
salta sobre él y le arranca la cámara de un zarpazo.
Al día siguiente, el
fotógrafo joven encuentra los restos del viejo. Buitres y roedores han pelado
los huesos durante la noche. La ropa hecha jirones y la mochila despanzurrada
completan la escena. A unos pocos metros, la Nikon está intacta. La foto del tigre, piensa el
joven, se venderá muy cara.
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