jueves, 14 de mayo de 2015

LISTAS


Y un día me encontré en mi casa desempleado y desocupado. Me echaron del trabajo por viejo, y eso que apenas había cumplido los cincuenta y cinco. Pero es así, te usan y te tiran. Encima mi mujer se fue de viaje y no volvió más. Bueno, ella es joven todavía, habrá encontrado algo mejor, como los chicos ya son grandes y se independizaron, no sintió culpa y se tomó el piróscafo.
Me propuse ponerme al día con algunas tareas relegadas durante tanto tiempo, y empecé por arreglar aquel enchufe del altillo que hacía años se había quemado. Luego me tocó repintar el cielo raso de la cocina, cambiar los limpia parabrisas del auto, podar la enredadera y otras cuestiones menores que iba anotando día a día en una libreta de tapas negras. Así me instalé en una rutina que me daba seguridad. Cada noche hacía la lista para el día siguiente y, acostumbrado a cumplir, trataba de tachar todos los renglones al fin de la jornada. Y lo conseguía. Hasta que me dije: ¿por qué no dejo para mañana alguna cosa sin hacer, si ahora soy mi propio jefe? Entonces me daba el gusto de posponer una, dos, a veces tres tareas. ¡Llegué a repetir un tema indefinidamente, sabiendo que no iba a tacharlo nunca! Pero con el tiempo las listas se hicieron menos densas, y eso me hizo sentir incómodo, desamparado. Ver la hoja semivacía me daba miedo. Entonces agregué tareas pueriles, fáciles de cumplir y tachar, como leer el diario, afeitarme o caminar tres vueltas a la manzana. Me auto engañaba, ya lo sé, pero durante un par de meses funcionó. Hasta que me cansé y dejé la libreta olvidada en un cajón.
Ése fue mi error: abandonar aquella sana costumbre fue mi sentencia de muerte. Me deprimí. No me vestía, miraba el televisor durante horas y horas, sin siquiera darme cuenta de qué estaba viendo, dormía mal y casi no salía de mi casa. Había días en que apenas me levantaba para comer. Así pasaron dos años, dos años aciagos. Pero una mañana apareció el Toby, un perrito vagabundo que se subió a mi auto en la estación de servicio de la otra cuadra. Y yo, lleno de ilusión, recomencé con mis listas protectoras. Fue como renacer, como abrir las ventanas de una habitación oscura y con olor a encierro. Pasear a Toby, bañar a Toby, ponerle la pipeta para las pulgas a Toby, comprar comida para Toby, arreglar la cucha de Toby decían mis listas nuevas… Mis días giraban alrededor de ese animal que me llenaba de felicidad y de obligaciones, ese animal que llenaba los renglones de mi libreta de tapas negras.
Hasta que se fugó.
Después de semanas de sobrevivir con las páginas en blanco, una tarde de domingo me miré al espejo y vi que el reflejo de mi cara era el reflejo de un hombre cansado, desmotivado, viejo y rendido. Tomé la libreta de tapas negras y anoté como tarea para el día siguiente: “morirme”.
Esa noche me acosté temprano y me dormí profundamente. Todavía no desperté.



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