LISTAS
Y un día me encontré en mi
casa desempleado y desocupado. Me echaron del trabajo por viejo, y eso que
apenas había cumplido los cincuenta y cinco. Pero es así, te usan y te tiran.
Encima mi mujer se fue de viaje y no volvió más. Bueno, ella es joven todavía,
habrá encontrado algo mejor, como los chicos ya son grandes y se
independizaron, no sintió culpa y se tomó el piróscafo.
Me propuse ponerme al día
con algunas tareas relegadas durante tanto tiempo, y empecé por arreglar aquel
enchufe del altillo que hacía años se había quemado. Luego me tocó repintar el
cielo raso de la cocina, cambiar los limpia parabrisas del auto, podar la
enredadera y otras cuestiones menores que iba anotando día a día en una libreta
de tapas negras. Así me instalé en una rutina que me daba seguridad. Cada noche
hacía la lista para el día siguiente y, acostumbrado a cumplir, trataba de
tachar todos los renglones al fin de la jornada. Y lo conseguía. Hasta que me
dije: ¿por qué no dejo para mañana alguna cosa sin hacer, si ahora soy mi
propio jefe? Entonces me daba el gusto de posponer una, dos, a veces tres tareas.
¡Llegué a repetir un tema indefinidamente, sabiendo que no iba a tacharlo nunca!
Pero con el tiempo las listas se hicieron menos densas, y eso me hizo sentir
incómodo, desamparado. Ver la hoja semivacía me daba miedo. Entonces agregué
tareas pueriles, fáciles de cumplir y tachar, como leer el diario, afeitarme o
caminar tres vueltas a la manzana. Me auto engañaba, ya lo sé, pero durante un
par de meses funcionó. Hasta que me cansé y dejé la libreta olvidada en un
cajón.
Ése fue mi error: abandonar
aquella sana costumbre fue mi sentencia de muerte. Me deprimí. No me vestía, miraba
el televisor durante horas y horas, sin siquiera darme cuenta de qué estaba
viendo, dormía mal y casi no salía de mi casa. Había días en que apenas me
levantaba para comer. Así pasaron dos años, dos años aciagos. Pero una mañana apareció
el Toby, un perrito vagabundo que se subió a mi auto en la estación de servicio
de la otra cuadra. Y yo, lleno de ilusión, recomencé con mis listas protectoras.
Fue como renacer, como abrir las ventanas de una habitación oscura y con olor a
encierro. Pasear a Toby, bañar a Toby, ponerle la pipeta para las pulgas a
Toby, comprar comida para Toby, arreglar la cucha de Toby decían mis listas
nuevas… Mis días giraban alrededor de ese animal que me llenaba de felicidad y
de obligaciones, ese animal que llenaba los renglones de mi libreta de tapas
negras.
Hasta que se fugó.
Después de semanas de
sobrevivir con las páginas en blanco, una tarde de domingo me miré al espejo y vi
que el reflejo de mi cara era el reflejo de un hombre cansado, desmotivado,
viejo y rendido. Tomé la libreta de tapas negras y anoté como tarea para el día
siguiente: “morirme”.
Esa noche me acosté
temprano y me dormí profundamente. Todavía no desperté.
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