paladea con ansias de revolución su boca trémula
irisada de anís, bermeja ensoñación en las marismas de la tarde.
Y allí surge el deseo, como un géiser inapelable,
e irrumpe en los meandros de la carne
hasta inundar de lava su sigiloso cráter.
La carne trémula, bermeja, palpitante,
horadada a la hora del crepúsculo
como una corola de espuma y de sangre.
Pero ya mi lengua yace muda, circular y errante,
y ahora flota entre sus labios
a la luz de un crepúsculo innombrable.
Pero ya mi lengua yace muda, circular y errante,
y ahora flota entre sus labios
a la luz de un crepúsculo innombrable.
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