viernes, 2 de diciembre de 2016

sábado, 15 de octubre de 2016

CUENTO PRIMER PREMIO 2016

¿SE EQUIVOCÓ DIOS?

Como cada mañana, medio dormido todavía, puse dentífrico en la punta del cepillo y abrí la canilla. No me miré al espejo ni encendí la luz, para qué empezar mal, si ese hombre viejo no soy yo, lo tengo claro. Pero cuando inicié la archi repetida tarea del cepillado, oh sorpresa, no había nada que cepillar. ¡Mis dientes habían desaparecido!
Prendí la luz y las encías huérfanas confirmaron la mala noticia: mis dientes, los que forman parte de mí desde hace más de cuarenta años, se fueron de paseo.
¿Acaso no los traté bien? Es cierto que he comido muchos chocolates, caramelos y garrapiñadas, que alguna vez los usé para descorchar botellas de cerveza o, de tanto en tanto, para abrir esos sobres de plástico imposibles de abrir con los dedos pero… ¿abandonarme así de repente, sin preaviso?
Revisé las sábanas, la almohada, también debajo de la cama. Nada. “Me los he tragado durante el sueño” fue mi conclusión. ¿Y ahora? ¿Necesitaré dentadura postiza y el pegamento ése que anuncian por la tele? ¿Un vaso con agua en la mesita de luz?
¿Por qué tendremos tantos dientes? Siempre me lo pregunté. ¿No habría sido más práctico una sola pieza dental (una arriba y otra abajo, obvio), una sola pieza sin intersticios? Algo parecido al protector bucal que usan los boxeadores. Un hueso curvo y afilado que se auto regenere en caso de roturas, y que crezca indefinidamente para compensar el desgaste de los años. Dios se equivocó feo con el tema de los dientes. O será que la evolución desde el mono se enfocó en asuntos menos importantes, los pilosos por ejemplo, y nos dejó con dos hileras de dientes como a cualquier pescado.
La cuestión es que, por aquello de los misterios de la ciencia, mis dientes migraron al cerebro y se alojaron en los lóbulos frontales. Sí, aunque usted no lo crea, lo comprobaron médicos especialistas con una tomografía computada. Será por eso que a veces pierdo el equilibrio y escribo cosas raras. Pero como las golondrinas, pensé, algún día volverán.
Me dejé crecer un buen bigote, una especie de cortina tupida para ocultar la boca desdentada, y decidí esperar. Pasé un año y medio comiendo papillas, gelatinas y sopas hasta que dije basta: extraño demasiado el bife de chorizo y la pizza. Saqué un pasaje a la India y me fui, solo, convencido de que, con meditación, yoga y mantras, lograría recuperar la dentadura. Me alojé en un ashram cerca de Goa, y me hice discípulo de un gurú que hablaba portugués. Aprendí a tocar la cítara y, con ejercicios de visualización y relajación, logré dominar las necesidades terrenales. Largos días de ayuno templaron mi carácter, y por fin encontré mi yo profundo, lo que en occidente se llama el alma, y una noche de plenilunio, mientras hacía abluciones en las aguas del lago sagrado, me di cuenta de que ya no necesitaba más dientes ni orejas ni párpados ni cejas, sentí que había llegado a un estado de beatitud cercano al nirvana, y me sumergí en esas aguas benditas y me dejé llevar por la corriente hasta llegar al mar, al vasto océano, como en un viaje astral acuático, y allí me recibieron las ballenas azules, inmensos cetáceos sin dientes, mamíferos como yo, que se alimentan de plancton filtrando enormes cantidades de agua a través de sus barbas -bigotes en mi caso-, y se comunican con sonidos que son detectados a miles de kilómetros, como un canto, aunque ese canto nada tiene que ver con el canto de las sirenas que enloqueció a los marineros de Ulises, sino un canto a la vida, al amor y a la convivencia pacífica en el mundo submarino.
-Te fuiste al carajo- dice mi mujer después de leer el último párrafo.

-Al carajo no –respondo-, me fui a Wikipedia.

Ttrabajos del 2016, salvo el 1° que es de 2009







lunes, 19 de septiembre de 2016

Bye bye love, grafito s/papel


EL CUERNO Y LA VELA
-Hay pertenencias- me informó la empleada de limpieza del sanatorio.
-¿Subo a buscarlas?- respondí.
-Sí, puede subir ahora.
En el quinto piso me entregaron una bolsita de plástico color rosa. Eran los dientes de mi vieja.
El día en que le daban el alta –recuerdo que era un martes- mi vieja había almorzado y estaba dormitando en su habitación del tercero. Tenía buen color, aunque su pelo se veía apelmazado, sobre todo en la nuca, por la presión de la cabeza contra la almohada. Apenas entré, la peruana que la acompañaba me miró con una sombra de culpa. La habíamos contratado hacía casi un año -veinticuatro horas, siete días a la semana- y yo era el encargado de pagarle a fin de mes. Supuse que algo había sucedido durante la noche, y así fue: enseguida entró una las enfermeras del piso y me dijo que le debía quinientos pesos. ¿Por? pregunté. Anoche me quedé con su mamá, respondió risueña. La peruana intentó esbozar un comentario, tal vez una disculpa, pero mi vieja la interrumpió: yo le dije que se fuera a dormir a su casa, acotó terminante. ¿Para eso le pagamos lo que le pagamos? pensé. Me contuve y no dije nada. Mientras tanto, la enfermera seguía ahí parada. Esperando. Consígame una factura, le espeté, y se fue como un perrito con la cola entre las patas. Quedamos los tres en silencio, mi vieja, la peruana y yo. Por la ventana se veían las copas de los plátanos, las hojas nuevas de primavera contra un cielo prístino, azul brillante.
Acostada boca arriba, con los ojos cerrados, yo sentía que mi vieja me estaba vigilando. Había salido de terapia intensiva el domingo, dos días antes, pero así y todo, con sus ochenta y seis años, seguía manejándome a mí, a mis hermanas y a todo el mundo.
-Tenés que venir a buscarme a las cinco –me ordenó sin abrir los ojos.
-¿Yo? Yo tengo cosas que hacer, ¿por qué no viene alguna de mis hermanas?
-Las dos trabajan -contestó-. Y tienen hijos.
-Yo también trabajo- me defendí-, yo escribo, pinto, toco la guitarra, compongo canciones, tengo una banda… ¡administro tu plata!
-Vos no hacés un cuerno a la vela- sentenció.
Esa tarde tuvo fiebre y la subieron a unidad coronaria. Justo antes de volver a su casa. A partir de allí todo fue de mal en peor. Hubo complicaciones, líquido en los pulmones, infección urinaria, arritmias, más fiebre. Otra vez a terapia intensiva.
Yo iba a verla todos los días, estacionaba donde podía, a varias cuadras para no pagar parquímetro, caminaba hasta el sanatorio y esperaba el ascensor con el que subía al quinto piso, a una sala de espera donde apenas cabíamos los familiares, hasta que se abría la puerta y un vigilante paraguayo, listado en mano, llamaba por el apellido de la persona internada. Al otro lado de esa puerta, una vez cerrada, parecía que uno entraba en otro mundo, otro mundo donde la vida y la muerte casi se rozaban.
Aunque el paraguayo ya me conocía, siempre me indicaba lo mismo: la obligación de desinfectar las manos con alcohol en gel. Podía tener los zapatos llenos de barro, o de caca de perro, pero eso no importaba. Mientras me ponía el alcohol yo escudriñaba hacia el fondo, hacia el box donde yacía mi madre, con la esperanza de entrever algún cambio, alguna mejoría. Había pasado de la mascarilla de oxígeno al respirador, con un tubo brutal metido en la garganta, sujeto a la cara con gasas y telas adhesivas. Entonces me acercaba y la veía dormida, con la boca abierta, tan frágil, cada vez más chiquita, las manos y los pies hinchados como empanadas, los brazos llenos de pinchaduras y el televisor encendido inútilmente en un canal de noticias que mostraba imágenes de robos, homicidios y piquetes.
El respirador le mandaba aire a impulsos regulares, clac, clac, clac. Pero también estaba conectada a otros aparatos. Tubos y cables que medían la frecuencia cardíaca, la oxigenación, el pulso y la presión arterial, o que le pasaban drogas y antibióticos a sus venas maltrechas.
Hay que esperar el parte médico, me decía el vigilante cuando yo trataba de sonsacarle algún dato al enfermero del piso. Entonces me quedaba a los pies de la cama, bajaba el volumen de la tele y le hablaba a mi vieja. Ella parecía escucharme, movía las cejas, pestañaba en su sueño de morfina. Los parámetros de ayer eran muy alentadores, me informaba la doctora de guardia con optimismo. Pero anoche hizo fiebre y tuvimos que sedarla de nuevo. Ahora lo tengo claro: coma farmacológico se llama, la palabra sedación es un eufemismo para disfrazar la cruda realidad. Morfina se llama, un derivado del opio que te mantiene inmóvil como un muerto y vivo como una planta.
Pasaron los días, pasaron las semanas. Una vez abrió los ojos, movió una mano, hubo un amague de mejoría. Pero luego volvió a derrumbarse. El médico de guardia, el de la mañana, comentaba: es fuerte tu mamá, no afloja. Yo sabía que sufría, y lo único que quería era desconectarla. Años atrás, ella me había dado un sobre que decía: “A mis hijos”. Rebusqué entre los papeles viejos que guardo en mi escritorio hasta encontrarlo, aún cerrado, y lo llevé al sanatorio. Lo abrí en presencia de mis hermanas, y leímos lo que ella había escrito en perfecto uso de sus facultades mentales. Expresamente pedía que, llegado el caso, no la mantuvieran viva artificialmente. Cuando nos anunciaron que era mejor practicarle una traqueotomía me indigné. No podemos negarle el alimento ni el oxígeno, me explicó el médico escudándose en la ley, caso contrario sería eutanasia. 
Un amigo creyente me contó que, cuando tenía a su madre postrada, en estado casi vegetal, le rezó a San Expedito, el santo de los imposibles, o de lo urgente e imposible. Y el santo lo oyó. En el sanatorio hay una mínima capilla en la planta baja, un cuartito cerca de la entrada. Yo lo había visto al pasar. Confieso que no creo en los santos, pero ese sábado a la mañana, cuando terminó el horario de visitas, entré. Había un gran Cristo en la cruz, varias imágenes de la virgen María y una de Santa Ana. Más abajo, obligándome a flexionar las rodillas, una estatuilla de un soldado romano con un casco junto a sus pies me invitaba a acercarme. No era otro que San Expedito. ¿Casualidad? Le toqué la frente y le pedí, con el corazón en la mano, que ayudara a mi vieja a emprender el viaje. Le dije que no merecía seguir sufriendo, que ya había sufrido bastante en su vida. Ayudala San Expedito, le rogué. Y esa noche mi vieja partió.
Mucho después caí en la cuenta de que la última frase que escuché de su boca fue la del cuerno y la vela. Pero se la perdono. Le perdono su autoritarismo, su tozudez, sus injusticias, los diarios llamados a horas inoportunas, sus críticas e intromisiones, sus pedidos desatinados, su eterno papel de víctima o de alma en pena. Le perdono todo. Porque es mi vieja. Pobrecita mi vieja.
SEPT 16